Historias en el sótano

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EL MOMENTO INOLVIDABLE
ESPONTÁNEO
VOY A PERDER LA CABEZA POR TU AMOR

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24.4.07

EL MOMENTO INOLVIDABLE

Las desgracias vividas, amontonadas sobre sus hombros, provocaban que anduviera encorvado y arrastrando los pies y junto a los harapos negros que cubrían todo su cuerpo, le hacía parecer un espectro. Caminaba por esa parte de la ciudad que todo el mundo conocía pero que nadie se atrevía a pisar si las circustancias no le obligaban, por lo que no desentonaba en absoluto con el paisaje de inmundicia y podredumbre que le rodeaba.
Dos osadas -o despistadas- quinceañeras salieron de un callejón mirandose cada una la palma de su mano con una sonrisa de satisfacción esculpida en su impoluto rostro.
Geralt, intrigado, accedió al penumbroso pasadizo para fisgonear.

-Momentos inolvidables –le susurró un joven camuflado en un rincón.

-¿Cómo dices? –pronunció el vagabundo con voz desagradable.

El joven se acercó a él captando todos los olores nauseabundos, especialmente el del alcohol y la bilis, que emanaban del cuerpo y de la boca del pordiosero y tuvo que hacer un esfuerzo para no salir corriendo. Le mostró una bolsa llena de pastillas verdes.

-Te las dejo casi regaladas, a tres créditos cada una.

-Ya sé lo que es eso, yo no necesito más recuerdos -pronució acompañando la frase con un movimiento del brazo.

-Oh no, no, esto no son recuerdos, son vivencias. Es la última moda, es como estar haciéndolo…, lo que sea.

-No necesito más recuerdos –repitió dándose la vuelta-, yo sólo quiero borrarlos.

-¿Pero es que no lo entiendes? -repitió el joven sin darse cuenta de que el que no entendía era él-. ¡Lo que tú quieras, con quien más te apetezca!

Cuando alió del callejón continuó andando calle arriba.
Transcurridos unos pocos metros se topó con otro camello.

-¿Qué necesitas? –le preguntó.

-Olvidar -respondió sin detenerse ni prestar atención a quien le había preguntado.

-Te lo puedo conseguir ¿Tienes dinero? -dijo poniéndose frente a él mirando nervioso a ambos lados.

-Tengo esto. –Geralt sacó algo del bolsillo y se lo mostró. Era la bolsa repleta de pastillas de momentos ficticios que el otro traficante, cuyo cadáver seguía desangrándose, le había ofrecido hacía escasos segundos.

-Toma –dijo enseñándole una pastilla negra, asustado por lo que deducía que había hecho su actual cliente y alegre por haberse librado de su única competencia-, lo olvidarás todo, será como volver a empezar.

Palizas, abusos, humillaciones; todo lo que había sufrido en sus casi cuarenta años de vida le acudió de golpe a la cabeza y sonrió macabro. Pero al instante recordó algo y sus ojos se tornaron vidriosos, pareciendo un niño indefenso.

-¿To… todo? ¿No recordaré absolutamente nada de lo vivido?

Pasada la media noche se acurrucó en un banco. Como no hizo negocios con ese camello -pues no tenía nada que pudiera necesitar- había cambiado las pastillas por una botella de bodka y un trozo de pan, y como siempre que trataba de dormir, recordó el mismo momento: cuando siendo un niño, en el cine, se confundió con la gente y una mujer bonita que olía a vainilla, tomándole por su hijo, le cogió suavemente de la mano, le acercó la cabeza a su vientre -blando y calido- y le susurró con dulzura “quédate a mi lado, cariño”.

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28.3.07

ESPONTÁNEO

Todos los nacidos con la marca desaparecen misteriosamente al cumplir los veinticinco años. He tardado mucho tiempo en averiguarlo pero lo he conseguido antes de que me ocurra, pues desde que recuerdo, me he dedicado a investigar qué significa ese círculo rojo que tengo en el pecho. Hoy es mi día, y la lógica me indica que será a las seis, la hora exacta en que nací… No, no fue el seis de junio, así que creo que podemos dejar al diablo aparte. Además, los desaparecidos no comparten entre ellos fecha y hora de nacimiento, sólo días de vida.
No está claro qué les ocurre a los marcados, simplemente desaparecen y no se vuelve a saber de ellos, ya que la casualidad ha querido que nadie jamás viera como ocurre; tal vez son secuestrados, abducidos, se desintegran o sufren una combustión espontánea.
Son hipótesis que en breve serán develadas, pues estoy a punto de dejar un conocimiento a la humanidad por el que seguramente seré recordado durante mucho tiempo.
Sólo faltan treinta segundos para las seis y para que empiece el partido. Barça - Madrid, cien mil personas en las gradas y millones de espectadores en el mundo, y todos ellos lo verán.
Salto al campo y empiezo a correr. Los he pillado por sorpresa, nadie puede detenerme ya. El árbitro mira el reloj para marcar el inicio del partido. Queda poco, apenas una decena de segundos. El centro del campo está a pocos metros. El árbitro se coloca el silbato entre los labios. La gente grita, y el sudor, el maldito sudor empieza a descender por mi frente y se cuela en mis ojos. Los cierro por el escozor que me provoca, pero sigo corriendo. Es interminable la espera, pero por fin suena el pitido inicial, ya son las seis…, ya es la hora.
Abro los ojos y sigo aquí, en el centro del campo…
Son el resto de las personas las que han desaparecido.

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18.11.06

VOY A PERDER LA CABEZA POR TU AMOR


No tardó demasiado en darse cuenta de que aquel cuerpo que se contorsionaba con violencia no tenía cabeza. Tampoco le llevó mucho tiempo deducir que, aunque eso era imposible, estaba ocurriendo. Lo que sí le costó asimilar fue el porque, por más que lo intentara, él no lograba levantarse o no tenía constancia de ello. Ese cuerpo sin cabeza que apenas se erguía, volvía a caer, desconcertado; era el suyo.

Cuando recobró el conocimiento empezó a razonar con la frialdad que siempre le había caracterizado. El cuerpo no estaba perdiendo sangre, y si pasado tanto tiempo no se había desangrado, no lo haría ya, por lo que era muy probable que aun le sirviera como principal medio de transporte. Con dificultad consiguió encararlo, aunque estirado, hacía la dirección donde él estaba, que ahora se reducía sólo a la cabeza, y empezó a ordenar a sus músculos que reptaran en línea recta. Funcionaba, alargaba un brazo y era el brazo de ese cuerpo que estaba a unos diez metros de él el que se movía. Después la pierna contraria, luego el otro brazo; y así consiguió llegar hasta él mismo. Se sujetó por los pelos y se colocó la cabeza, no sin dificultades, en el lugar correspondiente. Respiró unos segundos y después se incorporó para presenciar otra vez el bosque de pie.

-Bien -se dijo-, no sé como se llamarán en la vida real los zombies, porque eres un muerto viviente, pero seguro que ha habido y hay más como tú, han pasado muchos años de evolución para que venga ahora a venir alguien único y extraordinario. Esto tiene arreglo, mi cuerpo y mi mente mantienen sus funciones, no estoy mutilado, excepto, claro está, por la cabeza cercenada, pero si soy capaz de localizar más como que yo, seguro que me pueden operar. Mi piel no se cae a cachos, podré hacer una vida casi normal, sólo tendré que evitar que Marta note la frialdad de mi piel... ¡Marta! Claro, vine aquí con ella, algo nos ocurrió, pero... ¿donde está?

Arrancó a andar y la inercia quiso que la cabeza cayera hacía atrás, provocándole un agudo dolor en el cráneo. Intentó no ponerse nervioso, puesto que casualmente había caído con la mirada hacía el lado contrario de donde debía estar el cuerpo, así que le ordenó darse la vuelta y agacharse, momento en el que notó la rodilla clavarse en su oreja. Después del grito se sujetó la cabeza con ambas manos, como un futbolista posando para la foto y la enderezó. Se levantó pero está vez no se colocó la cabeza sobre los hombros, andó un poco con ella a la altura de la cintura hasta que encontró lo que buscaba, un palo de unos treinta centímetros. Dejó la cabeza en el suelo, mirando hacia el cuerpo, cogió la rama, se puso de rodillas y se la metió por el esófago unos veinte centímetros. Después cogió la cabeza y la insertó en el trozo de madera que le sobresalía del cuello, introduciéndolo por la garganta hasta topar con el paladar. Se movió un poco, cada vez con más brusquedad, hasta que se aseguró de que la cabeza no se volvería a caer y acudió en busca de su novia.


-¿Que hacía -se preguntaba mientras se tocaba la herida que le rodeaba todo el cuello-, mejor dicho, que hacíamos aquí? Creo que vinimos a pasar la noche, a Marta le hacía ilusión. Estábamos en la tienda de campaña y escuchamos un ruido...


En ese momento unas voces lejanas despertaron su atención. Una tenue luz brillaba a unos doscientos metros de donde él se encontraba y no dudo en dirigirse hacia allí.

-Marta me pidió que no saliera, que lo dejará estar, pero no le hice caso. Abrí la cremallera de la tienda, saqué la cabeza... y ya no recuerdo nada más. Bien, supongo que en ese momento fue cuando me la cortaron, con un hacha o algo así, e inexplicablemente sigo con vida. Pero... ¿y el iglú? Que clase de asesino sicópata desmonta un iglú después de perpetrar el crimen.

La respuesta la encontró más adelante, pues la luz que le había guiado hacía las voces salía de una tienda de campaña, su tienda de campaña.

-Entonces... la tienda siempre ha estado aquí, a sido a mí a quien ha desplazado.

Las voces no llegaban a ser nada perceptible, eran más bien gruñidos, suspiros y algo parecido a un llanto. Temiéndose lo peor abrió la tienda de par en par y se encontró con un hombre de espaldas sobre una mujer de la que sólo se veían las piernas asomando a ambos lados del cuerpo desnudo del hombre.

Gritó y hombre se apartó, asustado, dejando al descubierto la mujer, también desnuda. Era Marta.

-Eres... tú... -dijo desconocido.

Lo cogió del pelo y lo arrancó hacía fuera de la tienda, soltándolo con violencia a unos metros de ella. Oteó alrededor y apoyado en un árbol vio el hacha. Antes de que el asesinó pudiera reaccionar ya estaba a su lado y le asestó un duro golpe en el costado que le reventó el riñón y parte del estómago. Murió en el acto, aun así volvió a levantar el hacha para dejarlo caer sobre la cabeza, partiéndola por la mitad.

Escuchó un sonido a su espalda, se giró y la vio, en la entrada de la tienda, semicubierta por una sabana. Él se acercó y ella se apartó dejando un rastro de orina por donde pasaba.

-De-de-deberías estar muerto -pronunció ella con voz temblorosa.

-¿Debería? -pensó él. Empezó a recordar-. En realidad, cuando me cortaron la cabeza no me desmayé, el shock fue tan grande que me quedé en estado vegetativo por unas horas. Pero continué sintiendo. Noté como ese cabrón sacaba mi cuerpo de la tienda y apartaba de una patada mi cabeza. Entonces escuché claramente a Marta decir -¿ya está?- y a ese desgraciado responder -sí, ya está muerto-.

-¡Hijos de puta, me habéis matado! -intentó decir, pero gracias al palo que le iba desde las amígdalas hasta casi el estómago sólo pronunció -ga-gas-gagaga, gagas-gagaga- o algo similar. Marta se asustó aun más al escuchar ese gorgoteo y se desplomó. Él se acercó a ella, que retrocedía gateando sin preocuparse de la sabana que había quedado atrás dejándola desnuda. La cogió de la melena y la levantó del suelo. Su amada se quejó pero fue inútil, pues segundos después ya había sido decapitada.

Su hermoso cuerpo cayó al suelo en una postura patética, lo que provocó en él un poco de lástima, más aun después de todo lo que la habían pasado. Él siempre había estado enamorado de ella, antes incluso de que la muchacha supiera de su existencia, pues siempre lo había ignorado. Pero todo cambio el día que fueron de viaje con el instituto a Brasil. Allí fue cuando él, desesperado, acudió a ese supuesto brujo para pedirle un conjuro de amor.

Entonces, en ese momento, con la cabeza de su amor sujetada por los pelos, tuvo claro que fue lo que había pasado y porque aún seguía con vida. Recordó las palabras que pronunció el viejo cuando estaba a punto de acabar el sortilegio, “Os amaréis hasta que la muerte os separé”.

En ese momento Marta abrió los ojos.

-No -recordó que le replicó al viejo-, no quiero que ni eso pueda separarnos.

-Está bien -dijo el brujo-, os amaréis por siempre jamás.

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